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"Sadomaso de muy buen rollo"

on Tuesday, 09 August 2016. Posted in NCSF in the News!, Front Page Headline, Media Updates

La ciencia ha absuelto ciertas prácticas sexuales que hasta hace poco tiempo se consideraban patológicas, pero la sociedad aún se resiste a aceptarlas.

El Espanol

by JAVIER YANES

Siempre nos habían contado que el porno era un instrumento vejatorio para la imagen de las mujeres, que las degradaba a la categoría de objetos. Al menos hasta que en agosto de 2015 un estudio de la Universidad de Ontario Occidental (Canadá) publicado en la revista The Journal of Sex Research llegó a una conclusión sorprendente: "Los usuarios de pornografía sostienen actitudes más igualitarias [de género] hacia las mujeres en puestos de poder, hacia las mujeres trabajadoras y el aborto, que los no usuarios".

El porno ya no es lo que era, si es que alguna vez lo fue. Desde que los sex shops pasaron de ser tugurios oscuros con ventanas opacas en los callejones de los barrios rojos a ocupar locales con amplios escaparates y decoración zen en los centros comerciales, las páginas web de pornografía siguieron un camino similar. Hoy son empresas normales de servicios, con departamentos de comunicación que difunden sus propios estudios estadísticos. Y éstos nos revelan que el panorama del porno ya no es el del cine Carretas que cantaba Sabina: según datos de 2015 de Pornhub.com, casi uno de cada cuatro usuarios de esta web de pornografía (24%) es una mujer. Y lo que ellas buscan con preferencia pasmará a muchos hombres: sobre todo sexo gay, tanto femenino como masculino.

Quizá más novedoso para algunos sea que los practicantes del sexo tenido por muchos como el más violento, el de cuero, látigos y cadenas, son en realidad muy diferentes al retrato estereotipado de la moralina hollywoodiense. Si uno se atiene a películas como Asesinato en 8 mm, Instinto básico o Nueve semanas y media, el BDSM (siglas en inglés de Bondage, Discipline/Dominance, Submission/Sadism, Masochism) "parecería a primera vista una práctica abusiva propia de sádicos sin corazón y víctimas con baja autoestima", resume a EL ESPAÑOL Sandra LaMorgese PhD, dominatrix, escritora, formadora y comunicadora, autora del recién publicado libro de memorias Switch: Time for a Change (Edge Play Publishing. aún no publicado en español), en el que cuenta cómo el BDSM cambió su vida. "Pero las apariencias suelen engañar, y con el BDSM esta confusión es especialmente profunda", insinúa LaMorgese.

Un ejemplo es el estudio publicado el pasado abril en la revista The Journal of Sex Research, donde se descubre que los practicantes del BDSM, acostumbrados a una cultura basada en normas de consentimiento mutuo, son más intolerantes que el resto de la población hacia la violación y la culpabilización de las víctimas de agresiones sexuales, así como hacia el llamado "sexismo benevolente" que niega la autonomía de las mujeres. Los investigadores destacan que "los resultados contradicen un estereotipo común del BDSM" que erróneamente representa esta actividad como "una salida aceptable para la agresión sexual contra las mujeres".

SALIR DE LA MAZMORRA

En los últimos años, el BDSM ha sido objeto de una transición que lo ha sacado de las mazmorras de la depravación moral para situarlo como una opción más dentro del amplio menú de diversiones, que no perversiones, sexuales. Sin duda ha contribuido a ello el fenómeno literario y cinematográfico de 50 sombras de Grey, del que se dice que llevó el sadomasoquismo a muchos hogares donde hasta entonces el único látigo era el de las películas de Indiana Jones. Pero sobre todo, y dado que ni los psiquiatras ni los jueces se guían por las películas o los libros de moda, lo que ha llevado el BDSM al territorio de la normalidad sexual ha sido el cese de su definición como patología mental.

Hasta 1987, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense, considerado en todo el mundo como la biblia de la psiquiatría, incluía las prácticas habituales del BDSM dentro de las "desviaciones sexuales". Sólo 14 años antes, en 1973, la homosexualidad había abandonado la lista de las enfermedades. En 1987 se introdujeron las parafilias como trastornos mentales, pero en 1994 se acotó este diagnóstico exclusivamente a los casos en que existía "sufrimiento o disfunción clínicamente significativos".

Por fin la quinta edición del DSM, publicada en 2013, distingue entre parafilia y trastorno parafílico. "La parafilia es una condición necesaria pero no suficiente para tener un trastorno parafílico, y una parafilia por sí misma no necesariamente justifica o requiere intervención clínica", dice el DSM-5. El diagnóstico de trastorno parafílico se reserva así para los casos en que existan "consecuencias negativas para el individuo o para otros", como ocurre con la pedofilia o el exhibicionismo, que "para su satisfacción conllevan acciones que, por su nocividad o daño potencial para otros, se clasifican como delitos".

Sin embargo, este cambio no llegó por sí solo. En la absolución psiquiátrica de las parafilias consensuadas entre adultos desempeñó un papel clave la tenaz campaña emprendida de 2008 a 2013 por la Coalición Nacional para la Libertad Sexual (NCSF), fundada en EEUU en 1997. "La gente venía a la NCSF en busca de ayuda porque estaban sufriendo discriminación por los profesionales de la salud mental debido a la errónea creencia de que, por ser kinky [término referido a los practicantes del BDSM], eran enfermos mentales", explica a EL ESPAÑOL la fundadora y portavoz de la NCSF, Susan Wright. Simplemente por practicar sado, vestirse de mujer (los hombres) o confesarse fetichistas de pies, muchas personas "estaban perdiendo la custodia de sus hijos y sus empleos", señala Wright. Una encuesta de la NCSF determinó que el 37% de los kinky eran víctimas de acoso o violencia.

"El cambio en el DSM-5 ha tenido un impacto drástico en los niveles de discriminación hacia la gente kinky", dice Wright. Los datos son contundentes: en 2009, 132 personas perdieron la custodia de sus hijos por este motivo; en 2015, sólo 19. "La misma semana en que se publicaron los cambios, sometimos los nuevos criterios en un caso de custodia, y el juez reprendió al trabajador social por no estar al tanto de la ciencia actual", cuenta Wright. La portavoz añade que el número de personas que acuden a la NCSF en busca de ayuda se ha reducido a la tercera parte desde antes del DSM-5. ...

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